El mosaico es también un tablero de ajedrez
Esa noche, Diana salió de la casa con tres certezas: uno, Jerome iba a contagiarle el resfriado; dos, esa menstruación se estaba saliendo de control; tres, la espiritualidad le era importante.
Lo de Jerome no podía ser más obvio. El pibe estuvo tosiendo todo el rato que estuvo a su lado y, dado que el temita empezó tipo 19:23 y que terminó más o menos a las 21:12, no fue poco. De hecho, hacia el final, cuando ya estaban concluyendo que era importante pedir los porfavores y dar las gracias, Diana también empezó a toser.
—Tenemos un concierto —le dijo Jerome, con esa sonrisa coqueta que siempre termina enmarcando el lunar debajo de su ojo. Diana solo rio. No había mucho más qué hacer. En ese sentido, las cartas ya estaban echadas.
Lo del útero se le hacía más complicado. Llevaba un tiempo así, con intermitencias. De hecho, a medida que escribía esto, se dio cuenta de que eran quizá un par de años. “Debería pedir hora con la ginecóloga”, pensó, mientras se mordía el labio, tensa. Pero enseguida recordó que el propósito de este ejercicio no era ese. Era todo lo contrario, si se quiere. Desestresarse, escribir sin pensar que las editoras van a evaluarla y a escrutinar todas sus comas, las formas horribles con las que juega con los adjetivos y lo pegada que está con el desamor.
Y el desamor es probablemente la razón de que su útero se esté desangrando.
—Quizá sea mucho decir —le dijo a Takopi, que la miraba torciendo sus bigotes. Bostezó y luego rasguñó sus muslos, como diciéndole “ya es tarde, vieja. Mañana viajas, trabajas. Tienes una tonelada de opiniones técnicas que proveer y cincuenta correos electrónicos que mandar”.
—Para tu weveo —dijo finalmente el felino—. Si te echan, me quedo sin comida.
Diana no quiso rebatirle un par de cosas, tales como el hecho de que siempre podía irse a vivir con la gata de su papá y que además todavía ni siquiera era real. Está esperándolo con toda su gordura en el útero de una gatita determinada.
Útero, de nuevo. Diana resopló. Dosis y dosis de dkdkdkdkdlafaxina y todavía no conquistaba el TDAH. Y qué mierda, quizás nunca lo haría, porque su trastorno es mitad malformación del neurodesarrollo y mitad evitación.
¿Y qué evita Diana? Diana evita contar que ha sangrado desde que lo vio. Específicamente, desde que lo abrazó. Su cuerpo le estaba diciendo algo, a gritos, algo que no quería poner en palabras. Supo, mientras la sirena (¿sirena?) del tren chillaba a unos cuántos kilómetros, que esas invenciones de la sagrada tierra de Castilla que busca son las siguientes:
Ha seguido con su vida.
Tiene una vida sin ti.
Es más, quiere mantenerla.
Contigo lejos. Ni siquiera de testigo.
Ese abrazo estuvo bien.
Pero ha sido el último.
Joder. Eso dolió. Dolió más de lo necesario. Si no fuera porque su doctor le recomendó no hacerlo, pensó que usaría y abusaría del clonazepam esa noche. Suspiró y sintió cómo la sangre seguía bajando. ¿Pararía por escribir eso? ¿Plasmarlo en letras, publicarlo en un diario mural, es un acto lo suficientemente psicomágico?
Lanzó una carcajada al recordar cuando vio a su Maestro en Berlín. Le firmó las cartas, se las leyó, le dijo que lo conocía de otra vida.
—Y para qué —bufó, estirándose en la cama—. De qué mierda me sirve una conexión que va solo para un lado. De nada. Ni siquiera es un enchufe.
Se rascó el cuello. Pensó que se había quemado con la depiladora láser y que le dejaría una marca en el bigote. Así no iba a encontrar marido. Así Luis no iba a dejar su trabajo en el norte para acurrucarse con ella. A nadie le gusta una mujer fea, porque las mujeres no tienen permitido ser feas.
Ella nunca fue ni será minaza. El trofeo de escenario no le quedaría bien.
Oh, no podía creer lo que acababa de salir de sus dedos. No comulgaba con eso, no realmente. No solo porque creía que las mujeres tenían derecho a ser lo que quisieran ser, sino también porque no se consideraba realmente fea. Siempre que iba a esa disco para treintones se le acercaban chicas. Una le dijo al oído que era muy hermosa y luego la guió al baño. Eso no quedó en mucho más que un jugueteo de dedos y lamidas de pezones, pero fue agradable. Otros ejemplares del género masculino la miraban, con torpeza, probablemente evitando acercarse porque así son los hombres, un poco estúpidos. Pero ese párrafo ya se estaba tornando muy largo y se excedía de su propósito, cual era declarar que en realidad, por muy cringe que fuera, igual le habría gustado que él se hubiera referido a ella de esa forma porque, la verdad verdadera de las cosas, es que algunas veces sintió que él se avergonzaba de ella.
Quizás no tenía nada que ver con su nariz ancha y sus cejas gruesas.
“La dualidad del mosaico”, pensó, con la mano en el mentón, como ese meme del perro pensativo. “Lo que quería escribir, además de todo esto, era que la espiritualidad es importante. Que juntarme con mis brothers and sisters me hace bien. Que a veces me da mucha lata que se demoren tanto en empezar el ritual y que hay un viejo que es igual de latero que mi papá, pero que al final siempre me voy con algo. Hoy me fui con el corazón más lleno que antes, porque hablé de Anakin Skywalker y lo consigné como mi personaje favorito. Ya no me gusta tanto el Emperador, porque solo está parado en el cuadro negro del mosaico. Tampoco me importa tanto Obi Wan, porque es más blanco que negro. Anakin, en cambio, representa las dos caras, las dos baldosas. Es como el dios Jano”.
—Anakin me cae bien —declaró—. Anakin es un buen tipo.
(Bueno, mató a su esposa, pero…ay).
Se tiró de las trenzas que se hacía para dormir. De nuevo. Dualidad. Dulce y amargo. Bien y el mal.
Abrió el bloc de notas y empezó una lista: cosas que quisiera contarle a la única persona que me ha juzgado tanto como me ha aceptado. Decidida a mandarle un pergamino con todo eso para cuando cumpliera cuarenta, consciente del riesgo de quedar como loca y de que su novia le pegue una funá, dejó la pluma y el papiro de lado. Con un soplo de aire, apagó la vela. Se acomodó la gorra de dormir, la camisola de franela y se acostó en la cama. Tomó el último sorbo de ese tapsin asqueroso y se dispuso a leer.
—Buenas noches, pajarito. Donde sea que estés —murmuró, mientras abría el kindle.
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