Dos
Así que así pasas tus días. Me contaron. Lamentando, pasándolo mal. Imaginando situaciones en las que puedes escupirle, pegarle, demostrarle lo tonta que es. No hay forma de que eso pase, lo sabes, porque sabes guardar la compostura tal señora de abolengo santiaguino. Sin embargo, te gustaría, oh cómo te gustaría pequeña, porque han herido tus sentimientos y eso no puede ser, no! ¿Una persona de tu calibre? ¿Una mujer profesional? ¡¿Una mujer feminista?! No, es que no. Su victimismo fue más allá de lo permitido, traspasó tus límites. No puedes permitirlo, porque no puedes parecer una mujer débil. Hoy en día es importante mantener una actitud pasiva, pero muy agresiva, de importancia. Que se sepa que te quieres, que no tienes problemas de autoestima. Que se sepa que tú estás por sobre la misoginia internalizada, tú estás completamente de-cons-trui-da. Tú pasas el examen del feministometro que las activistas no paran de aplicar. Tú tienes un certificado de una prestigiosa universidad que lo avala. Tú eres lo más cercano a la perfección. Buena amiga, hermana, amante, profesora. Lo eres todo y lo sabes. Se nota. Brilla weona, brilla, vibras positivas solamente. No vas a llorar en público porque la gente como tú no llora en público. No vas a decir lo que piensas porque es de locos, gente inestable mentalmente y no, no, no. Imagínate. Está tan de moda estar loco. A ti te da vergüenza. Ella está mal porque quiere, si lo tiene todo. Belleza, inteligencia, amor. Que se pudra. La odio. La detesto. Me gustaría verla fracasar. Voy a hacer que fracase. No va a tener amigos, familia ni pareja para cuando termine con ella. Me traicionó porque ella debía leerme, debía decir que sí. En ese momento olvidó todo lo que hice por ella; una de sus mejores experiencias a mi sabiduría. Me tiene harta. No quiero ver su cara, ni la de nadie que se le parezca.
Así paso mis días. Y espero que lo sientas en tu pecho como una daga.
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