Uno
Siempre que salgo del baño de noche, y estoy en calzones y parte de arriba de pijama que me llega hasta la mitad del culo, digamos, qué sé yo, algo que podría resultar sexy bajo ciertos contextos, pienso que va a agarrarme un gallo con una máscara y me va a poner un cuchillo en la garganta. Y digo en mi cabeza “oh”, pero un oh ahogado, como tapándome los labios con la mano derecha, lo cual no tiene ningún sentido porque el asesino (pongámosle que es un asesino, qué tanto) también me tapó la boca. De hecho, lo hizo antes de que yo pudiera decir nada. Tiene guantes de cuero que huelen a cadáver procesado y pintura al óleo. Ah, el asesino en serie (ahora es en serie porque supimos que antes mató a la vieja alemana de la esquina) pinta. O vive con alguien que pinta. O se dedica a limpiarle los pinceles a un pintor. Digamos que es UN pintor, porque es hombre y le crió. Le metió la misoginia desde chico, con cuadros de Gauguin y una excesiva admiración por las esculturas griegas (lo que pasa es que es el futuro y al pintor le gusta mucho Call me by your name). No solo eso, sino que también coleccionaba Condoritos y se dormía viendo MCC. No, eso es muy banal para este pintor. Este señor, en mi cabeza, es Frank Langella y vive cerca del bellas artes. De Santiago, obvio, porque en Concepción no hay nada así. Frank (no se llama así, ese es el nombre del actor, ya te dije) se corta el pelo donde solía ir Daniela Vega y siempre la miró con asco. A lxs demás cuir que entraban y salían por el local igual. Pero no quiere caminar más lejos, no quiere andar en metro, mucho menos el transantiago. Demasiada gente, mucho haitiano. Sólo quiere mirar los murales —infantiles, demasiado coloridos para su gusto— que están al frente de su departamento. ¿Por qué, si no le gustan? Porque es una persona que disfruta sintiendo que las cosas no le gustan. Se relaciona así con la gente, de hecho, se conecta así con los demás. Entonces pareciera ser simplemente una cosa de lógica que criara al asesino en serie que en mi cabeza es Matthew Rhys (sí, estoy viendo The Americans) bajo las aras de la misoginia —no tengo idea de si eso está bien dicho. Así nutrió su amor de tío a especie de sobrino (se robó a Matthew Rhys en una noche lluviosa porque ahora en mi cabeza estamos en El Jorobado). ¿Qué hace Matthew entonces? Porque es tarde y debiera intentar dormir, cortamos esta interesante narrativa a un viaje a Concepción que no tiene ningún sentido, en el que mata a la vieja alemana por no tener de esas pilsen austral, y luego a mi en mi pasillo, con poca ropa y una melena corta, porque en todas estas mierdas de historia tiene que haber una final girl que representa la tremenda capacidad y resiliencia que tenemos las mujeres, mientras se les ven las tetas o el culo. Además vi Halloween y todas sus hijas muchas veces. Pero no me interesa ser una final girl. Prefiero ser la persona aburrida que escribe sobre eso en su blog, desde su celular, a las 2:25 am al no poder dormir, porque durmió siesta en la tarde junto a su amiga canina a quién recién le llegó el celo.
Qué sé yo. Fui a hacer pipí con la ropa antes descrita y recordé ese sentimiento. Después pensé en escribirlo, porque tengo que escribir.
Me gusta caleta cartearme con V. Yo debí haber nacido en la época de las Bronte. Mentira, qué mentira. Tendría cinco hijos, sifilis y ningún bien. Pero ese es otro tema, para otro día, al cual probablemente no me referiré.
Quizás todo este desvarío son nervios por la final de la Champions League. Ay, qué banal es mi vida, qué fácil es, mira que preocuparse por si un equipo de Inglaterra va a salir campeón o no. Debería volver a mi lectura, Foucault y el Cáliz de Opio. ¿Lo leíste? Obvio que no, no existe. Pero tu necesidad de parecer cool frente a otrxs te han llevado a decir que sí y que es bueno, para después mirar hacia otro lado y comerte un nacho con hummus.
Creo que estas corrientes de conciencia son mejores que los apuntes que hacían de tributario. Soy malagradecida, pero bueno, por último lo admito.
¿Es redundante poner que “era broma ja, ja”?
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